Mario se negó rotundamente.
La observó en silencio, su mirada penetrante clavada en ella durante un largo instante, antes de temblar y sacar un cigarrillo arrugado del bolsillo, encendiéndolo con mano temblorosa…
Sin llevarlo a sus labios, simplemente dejó que el humo ondeara ante él mientras inclinaba la cabeza en un gesto pensativo.
Finalmente, su voz sonó etérea.
—¿Recuerdas que siempre quisiste saber si me había dado cuenta de tu embarazo aquel año? ¡Lo supe! El día que te marchaste, Gloria