Dulcinea se encogía en un rincón.
En el pasado, las actitudes de él la habrían hecho llorar de miedo, pero esta vez fue diferente. Con valor, sostuvo su mirada y replicó:
—¡No me amas! ¿Por qué te casaste conmigo?
La respuesta de Luis podría haber sido simple y cruel.
Habría sido el momento perfecto para decir algo hiriente y ver la sorpresa en su rostro, pero no lo hizo.
En cambio, consumido por la irritación, fumó su cigarrillo con rapidez hasta apagarlo y, después de eso, guardó silencio.
No