Su voz buscaba tranquilizarlo.
Él debería sentirse feliz, pero algo no estaba bien por dentro.
Ana ya no tocaba el tema.
Se inclinó suavemente para cerrar la puerta del auto, y en ese movimiento se acercaron tanto que Mario pudo percibir el olor a leche de Enrique y el suave perfume de Ana, ese aroma floral que siempre le había atraído.
Ese perfume ligero, dulce como un manantial, había saciado la sequía emocional de Mario durante mucho tiempo y también había despertado su instinto más profundo.