Frida estaba a punto de confesar algo cuando, de repente, al final del pasillo, vio a Mario sentado en una silla de ruedas. Lo observaba todo en silencio, con unos ojos oscuros y profundos que parecían guardar mil secretos…
Frida, paralizada entre el temor a Mario y sus sentimientos no resueltos, optó por el silencio.
—Antes, mi prima Cecilia me decía que amabas mucho al señor Lewis y yo te creí. ¡Ahora me doy cuenta de que ni siquiera lo conocías bien! Tu supuesto «afecto» por él era tan superf