Ana regresó a casa. Recostada contra la puerta, tomaba aliento lentamente, sumergida en sus reflexiones por un instante. Luego, con un toque delicado, rozó sus labios, y sus ojos, empañados, delataban su tormento interno. No lograba perdonar a Mario, pero tampoco se perdonaba a sí misma.
La tensión aquel día en el auto no había sido unilateral. Intentó contenerse, pero su cuerpo no engañaba; el tacto de Mario despertaba sus deseos más profundos. Se sentía avergonzada…
El silencio envolvía el apa