Mario bajó la mirada hacia Sofía, y luego, con suavidad, rodeó su delgada cintura con sus manos, levantándola en brazos. Pasó junto a Ana sin mirarla y dijo con indiferencia: —Luego, tú despide a los invitados.
En esa tarde de primavera, bajo un sol agradable, Ana no sentía ni un ápice de calidez. Su esposo acababa de humillarla públicamente frente a todos. Pensó para sí misma, agradecida de no haber invitado a María, pues podría haber terminado enfrentándose a Mario allí mismo.
Los susurros y m