Al amanecer, María aún yacía tranquila...
Ana hundió su rostro en la palma de la mano de María, murmurando: —¡María, despierta! Nadie volverá a lastimarte, ahora podrás vivir con la frente en alto, no tienes que preocuparte por que descubran tu pasado, por que te miren con desprecio. ¡Podrás tener hijos!
—¿Podrías despertar, por favor? ¡Te lo suplico! Hazme saber que todo lo que he hecho ha valido la pena.
La espera sin esperanza lleva a la desesperación.
Temprano en la mañana, el médico anunció