Ana miró fijamente a Pablo, observando su ansiedad.
Le parecía ridículo.
Ridículo que María pudiera haber amado a Pablo, ridículo que ella misma hubiera pensado que la familia Morales dejaría en paz a María embarazada.
Ana dio dos pasos hacia adelante, tambaleándose. Oyó su propia voz, distante y confusa: —Pablo, ella estaba embarazada de tu hijo. No tenía intención de decírtelo. Solo quería ir a una pequeña ciudad y tener al niño, solo quería tener a alguien cercano...
Con lágrimas en los ojo