Ana se negó rotundamente, y en respuesta él apretó sus mejillas con fuerza, causándole un dolor intenso.
En un instante, el rostro de Ana se tornó morado. Poco después, sus medias fueron deslizadas y arrojadas al final de la cama...
Mario, presionando sus labios contra los de ella, susurraba como un amante apasionado: —¡No te dejaré ir! Nunca me gustó ella, tengo mis razones ineludibles. ¿Por qué no haces caso? ¿Recuerdas lo felices que fuimos hace poco...?
Los cabellos de Ana se esparcían sob