Ana lucía deshecha. Mario, sin embargo, seguía impecable, salvo por unas pequeñas manchas húmedas en su pantalón oscuro.
Le daban un aire ligeramente lascivo y seductor.
Las manos de Ana temblaban incontrolablemente, y en varias ocasiones, no pudo asir los diminutos y delicados botones.
Mario, parado a un lado con una mirada altiva, no mostraba intención de ayudar.
Acostumbrado a tocar sus gemelos, frunció el ceño al no encontrarlos.
A pesar de no haberlos encontrado, no podía humillarse pregunt