Ana bajó las escaleras y se subió al auto.
El chofer Mateo, notando su semblante sombrío, le preguntó en voz baja: —Señora, ¿regresamos ahora?
Ana se sentó en silencio, observando a través de la ventana del coche la oscuridad de la noche, salpicada por destellos de neones intermitentes.
De repente, ella dijo: —Mateo, quiero caminar un poco. Lleva el coche de vuelta.
Mateo frunció el ceño y respondió: —¿Cómo podría dejarla, señora? Es muy tarde, y si usted está sola afuera, el señor se preocupar