El viento arremetía. Los cabellos rubios cenizos de la loba se quedaban pegados en su frente sudada. A cada paso, su cuerpo temblaba de pura rabia.
—¡Démian! —gritó a su compañero—. ¡Dame a esa puta!
Noah tenía los sentidos saturados. Entre la energía palpitante que recorría su cuerpo, el lobo que cargaba a la vidente y la expresión petrificada de su enemigo.
Asher no comprendía cómo ese lobo seguía en pie. Para ese punto, su cuerpo debió haberse hecho cenizas. Pero no. Seguía allí, con los ojo