30. Las miradas no se fingen
Camino despacio y la veo muy entretenida en su computadora, vienen a mi mente los recuerdos de aquel día que venía enojado por su propuesta, y ahora, estoy aquí porque no podía aguantar más sin verla.
—Señorita Golden —saludo y levanta la cabeza para mirarme, luce sorprendida.
Se pone de pie rápidamente y se lanza a mis brazos, devolviéndole la calma a mis nervios.
—¡Qué sorpresa! —exclama.
—¿Buena o mala? —pregunto, abrazándola.
—Excelente —dice dándome un beso.
—No quiero interrumpir, pe