Marina estaba medio cuerpo afuera de la barandilla, en una posición muy peligrosa.
Un sedán plateado se detuvo tan cerca del lugar y luego retrocedió unos metros adelante.
Diego observó fijamente a Marina desde el auto.
Apagó el cigarro, abrió asombrado la puerta y se le acercó.
—¿Piensas saltar? —preguntó.
Marina se giró de repente sorprendida al oír su voz y vio a Diego.
Tras un breve silencio, respondió:
—Señor Diego.
Diego la miró con su habitual frialdad y dijo:
—Señorita Marina.
—A esta