—Mañana trae al abogado, quiero cambiar mi testamento —dijo Armando con tono sombrío.
Había decidido dejar toda su fortuna a Augusto y Lidia tras su muerte.
En ese momento, Vera entró en el estudio con una taza de leche tibia en la mano. Había escuchado lo que Armando había dicho, y su corazón latió más rápido de lo habitual. Tratando de mantener la calma, se acercó cautelosa, dejó la leche sobre la mesa y, con voz suave, dijo:
—Mejor descansa, ya es muy tarde.
—Mmm…, ve a descansar, yo me quedo