—No llores, te doy un dulce —dijo una voz infantil, suave y tierna.
Yolanda dejó de llorar al instante. Miró con ternura a la pequeña, cuyos ojitos brillaban mientras la miraba fijamente. El corazón de Yolanda se derritió por completo. Se inclinó y la abrazó con dulzura.
Pensó: La niña de Marina es simplemente adorable. Qué ganas de llevármela.
—Yulia, eres un verdadero amor. Mejor guarda este dulce para ti —dijo Yolanda, acariciándole suavemente la cabeza.
—Tengo más, no te preocupes —respondi