Después de terminar la llamada con Yolanda, Marina se sumergió bajo las sábanas y dejó que las lágrimas corrieran libres.
Sabía que solo podía permitirse unos instantes de vulnerabilidad, como si el destino, burlón y cruel, estuviera poniéndola de nuevo a prueba.
Cuando la doctora tocó a la puerta y entró en la habitación, Marina ya había recobrado la compostura.
Camilo la acompañó, y al observar los ojos enrojecidos de Marina, dudó por un instante. Recordó cómo, cuando había ido a rescatarla