Marina acababa de llegar a casa del club cuando un delicioso aroma a barbacoa la envolvió.
—¡Qué rico! —exclamó, sintiendo que el estómago le rugía con fuerza.
—Marina, lávate las manos y ven a comer. Compré un montón de cosas —dijo Yolanda, sosteniendo un pincho y sonriendo.
—¡Voy!
Marina se lavó las manos, y se cambió a ropa cómoda y se acercó a la mesa.
—¿Te quedarás en casa esta noche? —preguntó Yolanda, guiñándole un ojo.
—Sí, en casa.
Justo cuando terminó de hablar, un mensaje de Diego ilu