Una compungida Rosa la ayudó a recoger los pocos objetos personales que tenía en su mesa.
Después se sentaron en la cocina, a tomar su último café juntas en aquel lugar.
—Lo siento mucho, Laura, me encantaba tenerte. ¿Qué vas a hacer ahora? Perdona que te haga esta pregunta tan personal, pero… ¿Andas bien de dinero? Si necesitas algo, yo…
—Gracias —la interrumpió Laura, conmovida—. No tengo problemas económicos. Cuento con la pensión de Daniel y con algunas inversiones que hizo y que me reporta