Y la noche al fin llegó. Cuando Laura entró en casa, eran las siete de la tarde. Sergio aún no había regresado; la casa vacía se le hacía extraña. Se dio una vuelta por las habitaciones, deteniéndose un rato en cada una de ellas, contemplando y tocando los objetos que contenían para ir haciéndolos suyos. Seguía eufórica, ni siquiera la actitud de Antonio había podido alterarla, y la preocupación por su hermana, aunque seguía presente, no constituía un obstáculo para su exultante alegría: el úni