No me queda más remedio que aceptar, un poco de relajación no me caería nada mal. Le ordeno a Sophia que organice una mesa en la esquina más alejada del restaurante. Algo privado. Thomas nos prepara su mejor plato, empezamos a comer, todo está muy rico hasta que le doy un bocado a la ensalada y siento que todo se me devuelve. Respiro profundo, me pongo pálida. Ambas me miran preocupadas.
—¿Hija, estás bien? —mamá pone su mano sobre mi rodilla.
—Estás muy pálida —agrega Katia.
—Solo sentí náuse