—Lo único que siento es que tardé demasiado tiempo en tirar esa estructura a la basura —respondió él, volviendo los ojos hacia ella y hacia su hijo—. Durante años pensé que mi único deber era proteger el apellido de mi padre. Me tomó casi perderte para entender que un apellido no vale nada si la casa está vacía.
A las tres de la tarde, la luz del estudio de pintura del segundo piso alcanzaba su punto de mayor intensidad. Amelia permanecía de pie frente a un lienzo de gran formato que ocupaba