Al volverme, vi a Mateo entrar con paso decidido.
Su presencia era fría y autoritaria. Llevaba un traje bien ajustado, aunque la corbata estaba deshecha y colgaba de manera descuidada.
Parecía que había llegado apresuradamente del Grupo Vargas.
En ese instante, mi ansiedad se desvaneció y solté un profundo suspiro.
Mateo se acercó y me abrazó. No dijo nada para consolarme, pero su mano se posó suavemente en mi espalda, brindándome calma.
Luego, miró a Isabella y, con voz helada, le dijo: —No te