Su voz clara llevaba un matiz de seriedad inusual. Al cruzar miradas con sus ojos marrones, llenos de un profundo afecto, sentí que me faltaba el aire.
El latido de mi corazón se detuvo un instante. Deseaba con todas mis fuerzas asentir y aceptar, sin poder pronunciar una palabra de rechazo.
Sin embargo, no tenía veintipocos años, y tras reflexionar, la razón prevaleció.
Presioné suavemente mis labios y respondí: —Quiero esperar… hasta que se resuelvan todas estas cosas.
Al ver la desilusión en