De repente, caí en la cuenta: —¡Cierto! ¿Cómo va tu herida? He estado cuidando de mi abuela estos días y no he podido ir a verte.
Me sentí algo avergonzada; él se lastimó por mí y yo no lo había visitado.
—Es solo una herida leve, no es nada grave —respondió Enzo, intentando que no me sintiera culpable—. Debería mejorar pronto. Lo importante es la salud de tu abuela. ¿Cómo está?
Mi expresión se tornó seria: —Hemos logrado retrasar la aparición del veneno, pero no sé si podremos esperar a que se