Pero si se suponía que ya íbamos a divorciarnos…
Quería empujarlo pero simplemente ya no perdía todas las fuerzas, desesperada por llorar:
—No, Marc, ¡no quiero!
—No llores... ¿De verdad no quieres?
El hombre tragó saliva, con los ojos enrojecidos, mirándome fijamente, esforzándose por contenerse.
—Mm... —le respondí con dificultad.
—Está bien.
Cerró los ojos, las venas de su frente se inflaron por la irritación en su cuerpo. Su respiración se volvió aún más agitada, pero aun así me soltó lenta