Mateo no se movió. Me miró con las pestañas ligeramente caídas y, con seriedad, preguntó: —Delia, ¿pretendes asustarme hasta morir?
—...Lo siento.
Sé que se refiere a lo de hoy. Tomé su pequeño dedo meñique y lo moví suavemente: —Me equivoqué, Mateo. Aún me da un poco de miedo recordarlo.
—¿Ahora te asustas?
—Sí... me asusta.
Lo miré hacia arriba, mordiendo mi labio: —En el instante en que sonó el disparo, solo pensaba en una cosa: ¿qué harías si yo muriera...?
No terminé la frase cuando, de rep