—Si no fuera por la obstinación de tu abuelo, no tendrías que estar pasando por esto… —hablaba Ania sin para.
Olaia escuchó esto y no pudo evitar poner los ojos en blancos, y de no ser por mí, habría regresado a discutir con ella.
No se sabía cuándo empezó a llover, el viento otoño soplaba con frialdad y la temperatura descendió considerablemente, haciendo que quisiera encogerse del frío.
Después de subir al carro, Olaia me dijo con enojo:
—¿Por qué me detuviste? ¿No escuchaste lo que dijo? Qué