Mateo me agarró del brazo con firmeza. Su rostro, usualmente relajado, estaba ahora lleno de curiosidad y emoción contenida. Sus ojos marrones fijos en los míos.
Casi olvidó respirar.
Parecía que mi respuesta era crucial para él.
—Sí.
Me sentí desconcertada. —¿Cómo...?
De repente, me abrazó con fuerza.
¡Su pecho temblaba!
Este abrazo era completamente distinto al anterior, más intenso y liberador, como si hubiera recuperado algo invaluable.
Tras un momento, me soltó a regañadientes.
Su sonrisa i