Me miró con frialdad, bajando la voz para advertirle:
—Delia, me doy cuenta de que te has vuelto cada vez más atrevida, todavía no hemos firmado el divorcio.
—Lo sé, —levanté la cabeza. —Con tanta gente yendo y viniendo, ¿qué podríamos hacer aquí?
—¡Regresa conmigo a casa!
Como siempre, me imponía su voluntad. Agarrando mi mano para intentar llevárseme.
Quise apartar su mano, pero él me dijo:
—Él y Estrella fueron llamados por su abuela. ¿Quieres quedarte aquí y morir de frío?
Daba a entender