Se podía percibir un tono burlón en su voz.
Bajo la luz y las sombras, Mateo se recargaba de lado en el tronco del árbol. Su cabello corto caía sobre su frente, con las comisuras de sus ojos ligeramente elevadas, dándole un aire desenfadado e indomable.
Parecía no darse cuenta de que sus palabras eran tan inapropiadas para una recién conocida en el mismo día.
Pero, ¿cómo se le había ocurrido venir al patio con este frío cortante?
Guardé mi teléfono y le pregunté con cierta cautela:
—¿Qué haces