—Sé cómo hacerlo, y también tengo medicina.
Él se levantó y se me acercó, paso a paso, como si estuviera pisando sobre mi corazón.
—Te enseñaré.
—Entonces hazlo tú mismo.
Dicho esto, iba a irme.
—Delia.
Su mano seca de pronto me agarró, y su voz era como arena gruesa.
—Me duele…
Esas simples dos palabras hicieron que mis defensas se derrumbaran al instante.
Y, después de todo, era una herida de bala, no se podía descuidar.
Lo miré con dudas:
—Marc, ¿por qué nunca me di cuenta de que eres tan