Sabía que él no estaba bromeando.
Como no quería que su aparición causara molestia a Olaia, accedí:
—Ya lo sé.
Antes de bajar, Olaia actuó igualmente como Enzo: me envolvió en un abrigo de plumas bien largo y me pusieron el gorro.
—Si te molesto, aguanta —dijo ella dándome un zape—. Dicen que ahorita con el frío, te puede doler la cabeza en el futuro.
—Sí, sí, eres la mera onda.
Sabía que ella lo hacía por mi bien, así que le contesté a gusto y me puse unas chanclas cualesquiera para bajar.
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