—Sí, ya lo entiendo… —le sonreí.
Mis ojos ya se llenaron de lágrimas. Al levantar la mirada, vi una estrella brillante. Esa parecía tener la fuerza de liberarme del deprimido estado de ánimo.
Enzo me entregó un pañuelo que había sacado del carro.
—Llora, llora todo lo que quieras hoy, pero después ya no más. Llorar demasiado te lastimará los ojos —me dijo con suavidad.
No me dejó quedarme mucho rato en la montaña y me llevó de vuelta a la ciudad. Después de dudar un poco, le pregunté con cautela