La noche estaba sumida en un profundo silencio, hasta el viento marino parecía abrazar suavemente las rocas de la orilla, deteniéndose en su trayecto.
Sin embargo, en una habitación del último piso del hotel, el ambiente era todo lo contrario: la pasión seguía ardiendo.
No fue hasta bien entrada la madrugada que, finalmente, todo se calmó.
Fuera, en el pasillo, se oían pasos que se deslizaban de un lado a otro.
Por debajo de la puerta, se colaba una tenue brisa que traía consigo un aroma dulce.