Ella se giró y no vio la figura de José.
El ascensor seguía subiendo, y Óscar no dejaba de hablarle.
Sin embargo, ella apenas escuchaba, pues el dolor de cabeza la tenía distraída, y sus respuestas no eran más que formalidades.
Pero Óscar no se dio cuenta, o quizá no le importó. Con una atención casi paternal, la acompañó hasta su habitación.
La ayudó a sentarse en el sofá, fue a preparar agua con miel para calmarla.
Después, se encargó de preparar la cama, mientras él mismo se dirigía al salón,