—No te preocupes.
Mateo me ayudó a llegar al lugar. Primero coloqué a mi abuela junto a mi abuelo y luego a Felipe.
Una vez que todo estuvo enterrado, me arrodillé frente a la lápida de mi abuela.
El suelo estaba cubierto de piedras sueltas y, tras la lluvia, todo se mezclaba con barro.
En los ojos de Mateo destelló una expresión de profundo dolor.
Aunque llevaba pantalones largos, la tela era fina y no abrigaba nada.
Sin embargo, él se contuvo y no dijo nada. Solo se arrodilló a mi lado y junto