Mi cabeza zumbaba y, en un instante, vi cómo Enzo caía directamente a mis pies.
Escupió sangre, pero aun así sonreía hacia mí.
Mateo, que había tropezado con León, llegó un paso tarde.
Al ver que Enzo me estaba protegiendo del disparo, se quedó paralizado un momento antes de apresurarse a cubrirme los ojos con su mano: —Delia, no mires...
Inconscientemente, sacudí la cabeza y corrí hacia él, llamando su nombre: —¡Enzo!
Los recuerdos de todas las cosas buenas que Enzo había hecho por mí inundaron