Rosalind se sentó con suavidad sobre una de las piernas de Donovan, quien permanecía sentado en esa silla con el torso completamente desnudo. La piel bronceada de ese hombre brillaba bajo la luz cálida del salón, una iluminación que acentuaba cada línea en su musculatura.
La rubia se sintió arder al notar el contacto directo entre sus muslos y la firmeza de aquella pierna masculina. Esa cercanía intensa le arrancó una exhalación inquieta, como si el aire dentro del pecho se hubiera vuelto dem