Cierta tarde, Vidal había regresado del trabajo y sostenía a la bebé entre sus brazos. La mecía con movimientos suaves, caminando de un lado a otro de la habitación, murmurándole palabras tranquilizadoras en voz baja, con una sonrisa constante y una luz intensa en los ojos que delataba su devoción. Su atención estaba completamente volcada en la niña, como si nada más existiera a su alrededor.
Alaska observaba la escena desde el marco de la puerta, en silencio. Antes, esa imagen le habría parecido enternecedora; le habría provocado una sonrisa sincera. Sin embargo, ahora sentía una punzada incómoda en el pecho. Le irritaba verlo tan absorto, tan cercano a la bebé, como si ese vínculo lo apartara irremediablemente de ella.
—Vidal, ¿por qué no me entregas a la niña un momento? —preguntó Alaska—. Así tú puedes ir a darte una ducha y luego bajas a cenar. Podemos comer juntos.
Vidal negó con suavidad, sin dejar de balancear a la bebé.
—No, no te preocupes —respondió—. Me quedaré aquí un poc