Cierta tarde, Vidal había regresado del trabajo y sostenía a la bebé entre sus brazos. La mecía con movimientos suaves, caminando de un lado a otro de la habitación, murmurándole palabras tranquilizadoras en voz baja, con una sonrisa constante y una luz intensa en los ojos que delataba su devoción. Su atención estaba completamente volcada en la niña, como si nada más existiera a su alrededor.
Alaska observaba la escena desde el marco de la puerta, en silencio. Antes, esa imagen le habría pareci