Vidal se quedó completamente aturdido ante aquella confesión. Durante unos segundos no reaccionó. La miró fijamente, como si esperara que en cualquier momento ella se retractara o confesara que todo era una exageración nacida de un ataque de ansiedad.
—¿Te... refieres a Layla? —preguntó al fin, pronunciando el nombre con cautela.
Apenas lo dijo, una oleada de pensamientos lo golpeó con fuerza. No se suponía que Alaska conociera el hecho de que Layla se estaba hospedando en un hotel. Si ella sabía eso, entonces también debía saber que era él quien estaba cubriendo los gastos de esa estancia.
La incomodidad se reflejó en su expresión. Apartó ligeramente la mirada, tensó la mandíbula y luego volvió a clavar los ojos en ella.
—¿Tú cómo sabes lo de Layla? —cuestionó—. ¿Cómo sabes que está en un hotel? No me digas que otra vez me seguiste, Alaska —añadió con evidente molestia—. ¿Otra vez cruzaste los límites? Habíamos quedado en que te comportarías, en que no interferirías en mi vida de esa