Raymond había comenzado a notarla sin proponérselo, como si aquella figura sutil se recortara sola entre la multitud y su presencia dejara una estela luminosa allí donde pasaba. Cada día, en distintos rincones del campus, la veía realizando algo que desarmaba sus defensas más férreas.
Una mañana, al cruzar el edificio central, la vio inclinarse para ayudar a la limpiadora de la facultad. El pesado carrito metálico se había trabado en una irregularidad del suelo, y varios productos habían caído