El mundo de Raymond se contrajo en un instante. Fue como si una corriente helada ascendiera por su columna, paralizándolo por completo. Sintió cómo sus músculos se tensaban de golpe, cómo la piel del rostro se le enfriaba, y cómo su mente se quedaba en blanco nuevamente.
Era una petrificación real, un bloqueo absoluto: el impacto lo dejó paralizado, incapaz de reaccionar. Era como si su cuerpo entero se hubiese convertido en una estatua frágil, hecha de un material tan rígido como susceptible de quebrarse al menor contacto. Jamás imaginó que las cosas llegarían tan lejos. Jamás pensó que Ámbar hablaría de divorcio con tanta resolución.
Finalmente, consiguió hablar.
—Ámbar… —Su mirada suplicante buscó la de ella—. Muchas veces te he dicho que, si querías divorciarte, yo no te detendría. Y lo mantengo. Nunca te obligaría a quedarte conmigo. Pero… —tragó con dificultad— si quieres divorciarte porque piensas que te he fallado… porque crees que tengo una amante… eso no es así.
Su mano se