El anillo perfecto.
Meses después.
Logan pinceló un mohín con los labios mientras miraba el vistoso escaparate repleto de brillantes joyas. Desde collares y gargantillas, pulseras y aretes, hasta anillos… Oh.
—No te convence ninguno. Lo sé por tu cara de póker. —Logan arqueó una ceja, en un gesto intrigante—. Y ahora es tu cara de, ¿qué carajo, hombre?
—¿Recuérdame por qué eres mi mejor amigo? —preguntó, cruzándose de brazos.
—Porque soy un tipo genial. —Logan entrecerró los ojos y negó con la cabeza—. Eso y que p