Nunca había sentido un juego tan peligroso y excitante al mismo tiempo. Cada día con Roman era una danza de silencios y miradas, una batalla donde las armas no eran pistolas ni cuchillos, sino gestos, susurros y la cercanía que nos obligaba a respirar el mismo aire.
Me movía por la mansión con cuidado, cada paso calculado, cada sonrisa medida. Los hombres que dejé investigando a Ricky y a Roman trabajaban detrás de las sombras, enviándome información en fragmentos, y yo la digería en secreto, p