¿Que si me gustaba? ¡Por Dios, me encantaba! Todo estaba perfectamente decorado, desde la mesa hasta los alrededores.
—Por Dios, Samuel, esto es hermoso —dije emocionada.
Él tomó mi mano y me guió hasta una silla, la corrió con delicadeza y me senté.
—Lo mejor para ti —respondió con una sonrisa.
En ese momento llegó un mesero y realizamos nuestro pedido.
—Sabes, pensé que no aceptarías la invitación —comentó, algo apenado.
—Quería despejarme un poco. Estar tanto tiempo encerrada me mata, y ademá