Desde que llegamos al hospital, no he parado de llorar solo de pensar que mi bebé puede morir. Todo esto es culpa mía, debí cuidar mejor de él. Soy una mala madre.
—Nena, no llores más. El bebé estará bien —coloca una mano en mi vientre y lo acaricia.
—¿Cómo lo sabes? ¿Viste toda esa sangre? —la doctora entra y me pide que levante mi blusa.
—Bien, vamos a ver cómo está el bebé —sin pensarlo, tomo con fuerza la mano de Dante mientras la médica coloca el gel y comienza a pasar el aparato por mi vi