Estoy sentada con Alana viendo televisión, pero mi cabeza está en otro lugar. No he parado de pensar en la carta que encontré ni en esa habitación llena de las cosas de su difunta esposa, o bueno, su difunta esposa. Mi cabeza es un lío en este momento.
—Mi niña, te traje este café —miro a nana y le sonrío mientras recibo el café.
—Gracias, nana —esta se queda mirándome y luego se sienta enfrente de mí.
—¿Qué te pasa, mi niña? Te veo triste.
—Ay, nana, no sé si contarte esto.
—Mi niña, no le diré