La luz de la mañana se filtraba tímida entre las cortinas delgadas del apartamento de Valeria. Un rayo dorado iluminaba la mesa donde aún quedaban las copas de vino vacías y los restos de galletas de la noche anterior. El silencio solo era interrumpido por el lejano ruido de la ciudad despertando.
De pronto, un sobresalto rompió la calma.
—¡Ay, no! —exclamó Mónica, incorporándose de golpe en el sofá donde había pasado la noche—. ¡Vale, qué hora es!
Valeria, medio adormilada, giró hacia el reloj