El eco de los pasos de Alexandre aún resonaba en el pasillo cuando Valeria cerró la puerta con un golpe seco. Durante un momento, el apartamento quedó en un silencio sepulcral, roto solo por la respiración agitada de ambas mujeres.
Mónica seguía sentada en la silla, con la mirada perdida en el suelo. Sus manos temblaban, aún aferradas al bolso como si fuera un salvavidas. Alzó los ojos hacia Valeria, y en ellos no había reproche inmediato, sino una mezcla de sorpresa, miedo y una duda dolorosa.